Hace poco visité una congregación que siempre me ha gustado. Su visión y el estilo espontáneo con que hacen cosas en su comunidad me despierta siempre al verdadero evangelio cuando me estoy quedando dormida. Así que al fin llegar a visitarlos y contagiarme de la dinámica de sus servicios, viajes misioneros y cultos evangelísticos era un momento esperado

Pero precisamente la semana de la visita había pasado varios días sin orar. Así que me dispuse a tener un tiempo íntimo con Dios antes de asistir al culto, convencida de que el tiempo de comunión en grupo no puede sustituir la presencia en iintimidad de Dios.
HHubiera ido todo acorde a lo planeado de no haber sido porque mi vecina -mil veces bendita- había decidido iniciar su día oyendo a Bad bunny a todo volumen. Celebraba el cumpleaños de alguno de los integrantes de su numerosa familia, que en poco tiempo correteaban por su apartamento levantando una ruidera matutina digna de un primero de mayo.
Angustiada pero no derrotada, decidí mudarme al patio, en busca de un espacio en que pudiera adorar sin el autotune de Bad bunny en mi cabeza.
El patio, sin embargo, deparaba sus propias sorpresas. Precisamente ese domingo mi vvecino de los altos -dos mil veces bendito- decidió que era el momento perfecto para arreglar la tubería quen llevaba dos meses filtrando hacia mi apartamento. Además de los sonoros golpes entre confesión y alabanza, mi vecino aplicaba unas visitas muy persistentes cada cinco minutos para chequear el estado de la gotera, no sin dejar de hacer observaciones sobre el calor y la falta de ccombustibl y sugerirme que le hiciera “aunque sea un cafecito, como buena cristiana”.
Aún cuando no cconseguía sumergirme más de dos minutos en la presencia reparadora del Señor, me empeñé en lograrlo antes de ir a la iglesia. Por suerte, había dos tiempos de culto, así que podría asistir al segundo, después de ponerme a cuentas, adorar, alabar y hacer peticiones y aciones de gracias. Tenía, como de costumbre, un mapa de oración en la mano para que los pensamientos aleatorios tampoco fueran problema.
A las nueve de la mañana solo había logrado llegar a la alabanza. Así que decidí huir de Bad bunny y los martillazos sin echarle culpa a guerras espirituales ni a la arquitectura invasiva de los edificios de micro estilo rusos. Esta vez me recité un versículo sobre la perseverancia y bajé al parque, mapa de oración en mano.
Debajo de un flamboyån florecido tuve al fin unos minutos de contemplación, y agradecí al Señor por la maravillas de su creación, en lo que le contaba los detalles de la semana y todos los afanes con que venía cargando por no haber orado en días. Feliz de lograr cierto ritmo, me dispuse, romántica como he sido siempre, a detenerme en el detalle de las ramas, las flores, la belleza de la mañana. Reflexionaba íntimamente en la actitud detallista del Señor cuando desde la acera de enfrente, una voz conocida me sacó del lugar santísimo. “Mijita, andas en las nubes, como siempre…”.
Era mi primo Tony, el informal barbero que prometía visitarme cada domingo y me dejaba esperándolo con una fuente de pollo asado, la mesa puesta y la natilla a base de esfuerzo culinario desperdiciada. Este domingo, precisamente este, sin llamar, sin avisar, como buen cubano, había legado al fin a la visita prometida.”Bueno y qué, esa cara de gastritis a qué, ¿te chupaste un limoncito?”. Su risa sonora terminó por confirmarme que no llegaría mucho mås lejos en el plan de la oración. Pero no podía rendirme así de rápido, aún quedaba la opción de conversar un rato y dejarlo al cuidado de mi parlanchina madre. Así podría orar en el camino a la iglesia y regresar a atender la visita a la una y media.
De ese mismo modo sucedió. Emprendí el camino a la iglesia alegando una sequía espiritual que mi primo interpretó como un ” fanatismo preocupante”, pero le prometí un juego de dominó a la vuelta y me creyó curada.
Feliz, partí , aún con la fe de poder terminar mi tiempo de oración antes de llegar. Y así hubiera sido, de no ser porque el bicitaxi silencioso que elegí específicamente para poder orar de repente reveló un arma secreta: una bocina portátil y su abundante provisión de trap bullero. Antes de que pudiera pedir que apagara la música, otro transeúnte sacaba la mano para viajar a mi lado. Su primer comentario al acomodarse en el cojín lateral fue para halagar la supuesta calidad del “supertema” de Osuna, y confesar que era su “superfan número uno”, en cofradía instantánea con el bicitaxero, que subió el volumen al momento.
Cuando al fin, sin oración ni intimidad ninguna llegué a la iglesia, el bicitaxero le prometía a su compañero musical que “a ti no te cobro, asere, los fans de Osuna somos bro”. Bendiciéndolos a ambos mentalmente entré al templo antes del tiempo.
Aún quedaba la opción de orar en la calma que reinaba antes del culto. Allí, sin Osunas, primos, ni filtraciones, al fin podría ser.
Tomé mi lugar y cerré los ojos agradeciendo que además hubiera aire acondicionado. Retomaba ya el dulce hilo de la conversación con Dios cuando un conteo regresivo anunció altisonante el próximo tiempo de proyección musical para antes del culto. Bueno, una musiquilla de adoración no estaría mal para concentrarse, pensé. Pero en cinco minutos un músico muy carismático alababa a Dios en el mås puro de los reguetones ccristiano. En ese momento recordé la teoría que el pastor comentaba un tiempo antes y a la que yo había aplaudido como una idea genial. “Hermanos, en un culto evangelísico no podemos solo usar música y palabras tan tradicionales, tenemos que conectar primero con la cultura local para luego soltar el mensaje”. La estrategia estaba muy bien, pero precisamente hoy me aseguraba que ya no habría tiempo de oración íntima con Dios.
A diez minutos de oir al melódico reguetonero, tomé mi biblia en mano y aposté por perderme el culto esta vez, aunque estaba segura de que sería un tiempo de hermandad y palabra genial.
Enfilé hacia el parquecito wifi donde los adictos al videochat se ensimismaban en sus teléfonos. El prado de los árboles estaba reservado para los dos o tres “pajusos” que tenían sus sitios reservados por antiguedad, así que lo rodeé lamentando no poder usarlo. Mi primo me llamaba para reclamar su dominó, y el vecino me texteó dos veces anunciando su victoria sobre la gotera, pero no entraría a la semana siguiente sin un buen encuentro con Dios, ni ba a dejar pasar de nuevo tantos días sin orar en lo íntimo, aunque adorar en Cuba pareciera una quimera inalcanzable.