Texto bíblico: Ef 5:1-2

Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó así mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragrante.

 

La ciencia de la genética es esa parte de la bilogía que estudia los genes y los mecanismos que regulan la transmisión de los caracteres hereditarios. Gracias a la genética hemos logrado develar muchas cosas que se constituyeron misterios durante  siglos. La genética nos ayuda a entender porque una especie nunca se transforma en otra: nunca vemos a una vaca parir un caballo, o una gata parir un perro, en la genética esta la respuesta al porqué cada especie solo se reproduce a sí misma.

Una de las cosas a la que todo el mundo está pendiente cuando una nueva criatura humana llega a este mundo es: ¿a quién se parecerá? Aparte de comprobar que el bebe esté bien, saludable, etc., las personas siempre están pendientes de a quién se parece más, si a la mamá, al papá, o los abuelos. Siempre escuchamos comentarios de este tipo: “igualito a la mamá”, “igualito al papá”, “los mismos ojos de la madre”, “tiene una mezcla de los dos en esa cara”, etc. ¿Por qué esta curiosidad de ver a quién se parece? Porque sabemos que los hijos heredan las características físicas y psicológicas de sus progenitores. De hecho, nos extrañamos muchísimo y nos mostramos dubitativos cuando una persona nos dice ser hijo de alguien y no vemos ningún parentesco entre ellos.

De la misma forma, como mismo todos nosotros nacimos biológicamente y heredamos la características de nuestros padres biológicos, la biblia nos enseña que todos aquellos que han creído han nacido en el reino espiritual y dicha vida debe mostrar las características de su progenitor, Dios. Si verdaderamente hemos nacido de nuevo el ADN divino está en nosotros y eso significa que cuando las personas nos miren reconozcan que somos sus hijos ─de Dios─ porque hemos heredado sus características.

En este artículo quisiera centrarme en una de las características de Dios que debe verse en la vida de sus hijos: su misericordia. Nuestro Dios es un Dios misericordioso. La Biblia declara que la tierra está llena de su misericordia. Por su misericordia es que hoy estamos aquí. El hace salir el sol sobre buenos y malos, hace llover sobre buenos y malos, prepara la tierra para que todos comamos. Se pudieran escribir cientos de tomos hablando únicamente de la misericordia de Dios.

Ahora bien, ¿somos nosotros misericordiosos? De hecho, ¿Qué es la misericordia? Muchos parecen entender la misericordia exclusivamente  como el acto de dar algo. Pero esa es una definición que puede ser engañosa porque miles de personas realizan actos de caridad y no hay en ellos ni una gota de misericordia. Sus intenciones para hacer tales cosas no tienen en  el amor su motor impulsor. La misericordia no solo es dar algo, sino que también incluye la compasión genuina por la persona que se encuentra en tal estado de necesidad.

Algo que nos maravilla de la misericordia de Dios es que no es selectiva, no, Dios derrama su misericordia sin acepción de personas. Y si vamos a imitar a Dios, debemos ser personas misericordiosas para con todos. No solo para con nuestra gente. No solo para con aquellos que nos caen bien. No solo para con aquellos que nos ayudan.

Ese tipo de misericordia parcializada que mostramos muchas veces en nuestras vidas es algo que Dios aborrece. ¿Por qué? Sencillo, porque Dios muestra misericordia para con toda su creación. Si bien es cierto que para con sus hijos ─en el sentido redentor─ esta misericordia es especial, eso no cambia el hecho de que Él tiene misericordia de todos. El aire que tanto buenos como malos respiramos, es un acto de la misericordia de Dios. Dios tiene cuidado de toda su creación, su atención para con nosotros, sus hijos, es única, pero él no deja de tener cuidado del resto de la creación ni tan solo por un segundo.

Dios perdona y ayuda al más necesitado. Dios defiende la causa del pobre y desvalido que no tiene aliados. Piensa por un minuto en lo que se acaba de decir, ¿es esa tu actitud? ¿Eres alguien que se preocupa por la desdicha de los hombres e intentas aliviarla? Cuando te ofenden y lastiman, ¿tomas desquite o muestras misericordia?

Contemplemos el ejemplo supremo de misericordia. Mirémosle allí en la cruz, al que nunca pecó, al que nunca le hizo daño a nadie, al que vino a dar testimonio a la verdad, al que vino a salvar lo que se había perdido. Ahí está en la cruz, sufriendo la agonía más grande que alguien haya sufrido alguna vez y en medio de tal sufrimiento pronuncia las palabras más misericordiosas alguna vez pronunciadas: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. ¿A quién se refiere? ¡A ti y a mí! ¡Está hablando de nosotros! ¡Él tuvo misericordia de nosotros! El nos vio en nuestra terrible condición por causa del pecado. Condición en la que estábamos por causa de nuestra rebelión y desobediencia. ¡Pero tuvo misericordia!

¿Será esta la actitud que debemos tener con las personas aun cuando nos traten con desprecio y nos difamen? Ciertamente esa debe ser nuestra actitud, porque somos hijos de un padre misericordioso y compasivo aun para con aquellos que le rechazan y profanan su nombre. Además, ¿acaso no continúa Dios teniendo misericordia de nosotros a pesar de nuestras continuas fallas? La misericordia de Dios no se ha acortado para con nosotros. De la misma forma, debemos continuar teniendo misericordia de nuestros semejantes, sensibilizándonos con sus problemas y adversidades.

Si somos hijos de Dios, entonces, imitemos a Dios. Examinemos que clase de vida llevamos, las cosas que hacemos: ¿Somos misericordiosos? ¿Tenemos compasión por los que se encuentran muertos en delitos y pecados? ¿Tenemos compasión por los que son víctimas de la carne y los demonios? Recuerda que las escrituras nos dice:

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.